Vivimos un momento en el que muchos ciudadanos observamos la política con una creciente sensación de desencanto. Cambian los gobiernos, los discursos y los protagonistas, pero con demasiada frecuencia los problemas que afectan a nuestra vida diaria continúan sin resolverse.
Cuando un gobierno llega a un elevado desgaste, la esperanza suele depositarse en la oposición. Sin embargo, una vez alcanza el poder, a menudo comprobamos que las prioridades, las prácticas y los resultados no difieren tanto de aquello que antes se criticaba.
Esta situación genera frustración porque cuestiones esenciales como la vivienda, la sanidad, el empleo, las pensiones, la seguridad o la limpieza de nuestros barrios siguen esperando soluciones eficaces.
La política debería ser el arte de servir al bien común y no un medio para perpetuarse en el poder.
Para ello es imprescindible una ciudadanía informada, crítica y participativa, que no delegue toda su responsabilidad durante cuatro años.
No se trata de caer en el pesimismo, sino de recuperar la confianza en nuestra capacidad para exigir responsabilidades, fiscalizar la gestión pública y proponer alternativas.
Porque la democracia no consiste únicamente en votar cada cierto tiempo; también significa participar, opinar y procurar que las decisiones respondan realmente al interés de los ciudadanos.
Por un Prat de tod@s.

